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LOS BASTARDOS (*)

Por Roberto Villarreal Sepúlveda.

Un par de ilegales mexicanos, en Los Ángeles, irrumpe en una casa donde está una mujer sola, dormida por haberse drogado previamente. Despierta, grita y es sometida por los hombres quienes primero la llevan a la alberca donde pasan un rato, luego le piden de cenar, finalmente se provoca un final trágico. Una trama mínima, alargada hasta el tedio infinito, predecible (porque no hay otra salida y la mujer es tan tonta como indefensa), que forma parte de los grandes absurdos contemporáneos: la admiración crítica, hasta internacional, de un tipo de cine que recupera, sin dramatismo ni tensión interna, secuencias y situaciones que otros realizadores han manejado con talento e inteligencia: cualidades que no se encuentran presentes en esta cinta.

Cine engañabobos que se siente genial por su minimalismo. Cine que se desliga por completo del público (en la función a la que asistí  éramos cuatro personas, en viernes, a las siete de la tarde) que no acepta esta inercia. Cine conformado por elencos desconocidos como si fuera un neorrealismo tardío, fuera de lugar y época (pero los mismos neorrealistas no tomaban a los primeros pelagatos que se encontraban por la calle). Cine inflado por festivales que nunca fueron significativos (Sitges, Mar del Plata, ¡Morelia, háganme el favor!) y jamás serán porque los intereses públicos, el exceso de “cineastas” y productos tontos, la decadencia de la verdadera crítica que lograba colocar una película en tiempo, distancia, referencia y pasión, se han aposentado en la cultura contemporánea.

Escalante repite sus constantes: un crimen, la reflexión dolorosa, los intérpretes sin experiencia y totalmente faltos de gracia y bastante fealdad (hasta los norteamericanos). Los estereotipos son rampantes en cuanto a las características del mexicano; los norteamericanos son seres con la insatisfacción total, su racismo y su consumo rampante. Todo está visto a distancia, con frialdad, y siguiendo una estética (como la enervante, desesperante y estúpida del primo y coproductor de esta cinta: Carlos Reygadas, el rey de los engañabobos) que un público general no acepta, exceptuando la comunidad festivalera y exquisita. Podemos comparar este cine con, por ejemplo, el del francés Bruno Dumont (“La humanidad” o “29 palmas”), donde parece que no ocurre nada, pero ¡qué diferencia!: uno nota todo lo que está sucediendo en el interior de personajes sin necesidad de, como en “Los bastardos”, ponerle lagrimitas al asesino.

Cada quien tiene derecho de filmar las porquerías que desee pero lo que causa pena y dolor es que haya muchas cintas nacionales enlatadas, esperando turno, que pudieran exhibirse con mejores discursos y posibilidades, mas nos llegan éstas: las que son alabadas por una crítica que jamás pensará en un público. Cualquier cinta de ilegales criminales filmada en los años ochenta dentro de la terminal industria nacional tenía mayores puntos de unión con su público. Ahora, cualquier efecto apantallador como el asesinato, que ocurre al final de la cinta, quiere hacerse pasar por “gran arte”: tenemos que soplarnos hora y media de sopor para llegar a este clímax que se ha visto mejor en cualquier cinta de horror. 

Aquí  se vive otro tipo de horror que puede etiquetarse como “películas de Amat Escalante”: ¡el aburrimiento absoluto!, ¡el infierno sobre la piel!, ¡la nada inflada!

(Los Bastardos; México, Francia, E.U., 2008). Dirección: Amat Escalante. Guión: Amat Escalante, Martín Escalante. Elenco: Jesús Moisés Rodríguez, Rubén Sosa, Nina Zavarin, Kenny Johnston, Aron Briggs. Género: Acción, Drama. Duración: 90 min.

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