Los Estudios Universal fueron pioneros y líderes en cuanto al cine de terror. Con “Drácula” y “Frankenstein” (ambas, 1931), posteriormente “La momia” (1932), comenzaron una serie de cintas derivadas de estos personajes o creando otros nuevos. En 1935 fue “El lobo humano” (Werewolf of London) que permitió, seis años más tarde, el ejemplo perfecto con “El hombre lobo” (Waggner, 1941) para establecer sus características: metamorfosis durante luna llena, muerte con balas de plata, transmisión del cambio a través de una mordida. Estos cuatro personajes fueron la base para innumerables secuelas y variantes con el paso de los años. Tan sólo en un mismo año (1981) surgieron tres obras maestras sobre el licántropo para darle asombrosos efectos especiales en cuanto a la transformación de naturaleza humana a lupina, aunque también para dar lugar a reflexiones acerca de la violencia irracional que llevamos dentro (o que nos asemeja a los lobos cuando ocurren reacciones extremas a agresiones) : “Aullido” (Dante), “Un hombre lobo americano en Londres” (Landis) y “Wolfen” (Wadleigh), que fue la más inteligente y sofisticada de ellas; tres décadas más tarde surge una relectura de esa producción de la Universal, nuevamente bajo su sello, con un guión cercano a la idea original de Curt Siodmak quien brindó sustancia a la criatura, conservando los nombres de personajes principales, aunque con lógicos pero sencillos cambios.
Es 1891, Blackmore, donde ha desaparecido Ben Talbot, hijo de un poderoso terrateniente, Sir John (Anthony Hopkins). Su novia, Gwen (Emily Blunt), escribe a Lawrence Talbot (Benicio del Toro), actor de teatro quien se encuentra coincidentemente en Londres dentro de una gira, para que retorne al hogar paterno. Cuando llega, se entera que ha sido encontrado el cuerpo despedazado de su hermano. Una noche de luna llena, mientras busca a una gitana para que le explique el significado de una medalla que llevaba el muerto, aparece una bestia sanguinaria en el campamento. Lawrence es mordido pero no logra ser asesinado. En los siguientes días, descubrirá que al salir la luna llena sufre su transformación en hombre lobo. A partir de este momento comenzarán a revelarse secretos del pasado, revivirán viejos rencores y ocurrirán otras muertes debidas al licántropo.
No puede contarse más de la película sin descubrir situaciones sorpresivas o cuestiones básicas. “El hombre lobo” viene a ser una historia de amor trágico. También es una discusión sobre cierto tipo de relación paterna que antepone la realidad funesta y la lubricidad egoísta contra el amor a los hijos. Son los toques que permiten darle una visión contemporánea y audaz a un tema que en 1941 debía ser meramente entretenimiento sin otras implicaciones. La cinta de Waggner mostraba la definición, en un diccionario, de la palabra “licantropía” como una enfermedad mental donde el hombre imaginaba que se transformaba en lobo. Esa era la primera explicación con la cual el padre (Claude Rains, en la cinta pionera) deseaba justificar las acusaciones contra su hijo (Lon Chaney Jr.). En este caso se ha dado una vuelta de tuerca con mayores perversiones; se ha colocado la acción en una atmosférica Inglaterra, con recuerdos y toques de aquella literatura gótica de principios del siglo XIX; y se ha desdoblado a un villano inesperado.
Por supuesto que los efectos son extraordinarios. Ya no sorprende tanto la transformación del hombre lobo (Rick Baker, especialista en este tipo de maquillaje desde los antecedentes mencionados anteriormente, fue el responsable en estos menesteres) pero es estupenda la creatividad visual. Así como en la cinta original había un momento de regresión onírica para intentar la explicación de los hechos olvidados durante la pertinencia humana, en esta película también se ha respetado y da lugar a una secuencia espléndida que ya no se encuentra tanto en el cine contemporáneo, pero que impacta al espectador.
El reparto es equilibrado. Benicio del Toro es uno de los actores menos agraciados físicamente de los últimos años (por lo que resulta digno sucesor del feo Lon Chaney Jr.), y es precisamente esa característica la que da mayor plausibilidad y sentido a su personaje. Anthony Hopkins tiene años de ser un clon de sí mismo y como actor se ha quedado en su propia repetición (como un López Tarso nacional), por lo que cumple nada más. La presencia inesperada (y sorpresiva por su decadencia física) es Geraldine Chaplin como la gitana que conoce el secreto detrás de los Talbot.
Sin embargo, la cinta tiene cierto problema de ritmo que no mantiene la atención constante del espectador. Falta cierta tensión interna que conecte las escenas de acción con otros momentos. Uno se queda extrañado porque el director Joe Johnston es especialista en género y espléndido en su narración (recuerden “Jumanji”, “Océano de fuego” o simplemente esa obra maestra subestimadísima por la crítica miope: “Rocketeer: el hombre cohete”). De ahí que uno se explique que sea una cinta preciosista, impactante, muy interesante por su discurso esencial (la relación padre e hijo), pero que se pierde repentinamente. Una buena opción; una o dos ideas para reflexionar; no es fallida, pero tampoco es perfecta: digamos que es una cinta menor de un inteligente realizador.
(The Wolfman; Reino Unido, E.U., 2010). Director: Joe Johnston. Guión: Andrew Kevin Walker, David Self. Actores: Benicio Del Toro, Anthony Hopkins, Emily Blunt, Hugo Weaving. Género: Horror, Thriller. Duración: 125 min.